Cuando estábamos buscando la casa que queríamos convertir en nuestro hogar, teníamos varias condiciones. Una era por supuesto, la zona en la que queríamos vivir.

Otra era que fuera accesible, sin muchas plantas ni escalones empinados, ya que tenemos planes de envejecer en ella. Otra era que tuviera jardín. Y es que en el confinamiento que vivimos en España en el año 2020 me aislé en una vivienda familiar con huerta, y gracias a este espacio al aire libre la sensación de estar encerrada en una casa fue mucho más light. En cuanto regresamos a nuestro piso de alquiler en la ciudad, lo tenía claro: Necesitaba vivir en un lugar con jardín.

Mi relación con la naturaleza siempre ha sido a través del océano. Se me da mucho mejor nadar, enfrentarme a las olas y tomar el sol en las rocas que salir de senderismo. Por eso no me dan miedo ni asco las criaturas marinas, pero le tenía una aversión tremenda a las abejas, los gusanos y las arañas. La vida en la ciudad era mi rutina, y no sabía lo que significaba el contacto con la naturaleza fuera de los meses de verano.

Pero esa huerta durante el confinamiento me reconcilió con ella. Me recordó que somos animales, que estamos configurados para relacionarnos con las plantas y con los árboles frutales. Me hizo ser más consciente de los tiempos que se toma la naturaleza y que, como parte de ella, también nos someten a nosotros. Así aprendí a tener más paciencia, a no querer todo para ayer y a asumir que a veces hay cosas que tardan más en llegar que otras, y que aunque puedo hacer cosas para acelerar o mejorar estos procesos, no están al cien por cien en mi poder.

Perderle el miedo a las abejas me ha permitido observarlas, reírme cuando asoman por las flores y admirar cómo se relacionan entre ellas. Y ese pequeño aprendizaje abarca tantas cosas, tantos cambios de perspectiva, que no lo cambiaría por nada. Necesito ese pequeño espacio lleno de hojas y naranjas y caracoles.