Soy de esas personas que, en el fondo, piensan “yo lo haría mejor”. Vale, quizá no lo piense siempre, y puede ser que haya aprendido a apartar ese pensamiento de mi cabeza…

…pero a menudo me veo en situaciones en las que me dan ganas de apartar a la persona que está realizando una tarea y hacerla en su lugar, por la equivocada creencia de que lo haré mejor o más rápido. Por tanto, me cuesta muchísimo delegar. Y hasta hace poco me costaba organizarme porque no diferencio con facilidad lo urgente de lo importante. Si lo sumas a no saber delegar, tienes una bomba de estrés que puede explotar en cualquier momento.

Pero me he cansado de tener que tirar del carro por mi propia cabezonería, de que una vocecita en mi cabeza me impida descansar porque no siente que esté haciendo nada productivo (meeec, ¡error!) y que piense que es mejor ir al supermercado “hoy, justo, es que no puede ser otro día” que salir a dar un paseo con mi familia. Reducir lo urgente (o mejor dicho, distinguir lo que es urgente de verdad) siempre fue una asignatura pendiente en mi vida.

Mi yo de hace unos años está observándome y me juzga. Sé que la Laura del pasado consideraría a la actual un poco desorganizada y dejada, pero esa Laura del pasado no era tan feliz ni estaba tan tranquila como lo estoy ahora. Y no lo cambio por nada. Sigo transitando este camino de aprender a confiar en los demás, en su habilidad y en su forma de hacer las cosas, mientras establezco mis prioridades: lo que más me funciona es pensar en lo que me hace feliz ahora o me evita agobios y malos momentos en el futuro. Y las dos cosas son compatibles, porque quizá tengo ganas de vaciar y reordenar los cajones de la cómoda y el armario del baño, pero también quiero tener tiempo para descansar, ya que sé que esas actividades me resultan extenuantes. Si la primera tarea me lleva más tiempo del previsto, ya no trato de ser inflexible conmigo misma hasta el punto de agotarme, sino que paso a la siguiente tarea (que en este caso es descansar) y hago un espacio en los siguientes días para ocuparme del armario del cuarto de baño. Así adelanto una parte de estas responsabilidades (que me produce la satisfacción de sentir que mis objetos personales están cuidados y ordenados, y de quitar todo lo que ya no tenga espacio en mi vida) y descanso lo suficiente como para no estar malhumorada al final del día.


También me ocurre con el menú de la semana, que me gusta planificar con antelación para poder hacer una sola compra semanal en el supermercado. Si un día no tengo tiempo de preparar lo que había previsto, y puedo permitirme pedir comida a domicilio, me doy ese pequeño lujo para evitar agobios sin castigarme emocionalmente por no haber cumplido una tarea. Contar con dos o tres restaurantes cercanos a casa que tengan opciones saludables en el menú y que hagan reparto a domicilio es todo lo que necesito para poner un pequeño parche a esos días en los que todo se pone patas arriba.

La clave está en delegar, organizarse y establecer prioridades. Reducir lo urgente. Y, en el proceso, ser amable con una misma.

¿Y tú, sabes distinguir lo urgente de lo importante?