No dejo de pensarlo: A pesar de todos los avances tecnológicos y sociales, seguimos teniendo la misma rutina laboral que nuestros padres.

Trabajamos en los mismos horarios, con la misma presencialidad, y casi sin diferencias en lo que a conciliación se refiere. Y es que estamos ante el pez que se muerde la cola: construimos esta sociedad a la vez que nos convertimos en sus víctimas. Hemos dejado de ser nosotros para satisfacer a los demás, ya sea imitando a las modelos de las revistas o comparándonos con el aparente éxito de uno u otro influencer.

Estamos viviendo a una velocidad que no nos permite encontrar el bienestar real, a pesar de que cada año, y desde hace décadas, tenemos a nuestro alcance herramientas que podrían ayudarnos a alcanzar la felicidad y la plenitud que merecemos. Y es que estamos haciendo mal las últimas revoluciones tecnológicas, en vez de aprovechar los avances para tener más tiempo para nosotros, los hemos utilizado para explotarnos y multiplicar nuestra producción con el objetivo de enriquecer a unos pocos.

Nos come el ansia por producir y por monetizar, nos regodeamos en el conformismo y no tenemos tiempo ni energía (y a veces, ni salud) para tratar de cambiar nuestra situación.

Tengo fe en nuestra capacidad, como seres humanos, para poner nuestra salud mental y física por delante de las exigencias generalizadas que niegan nuestro propio ritmo vital y que merman nuestra calidad de vida. Y es que todo está conectado, desde nuestro tiempo de descanso hasta las actividades que podemos compartir con la familia y amigos, pasando por cuántos días a la semana tenemos que trabajar, nuestros hobbies y hasta nuestra espiritualidad. ¿No es alarmante que pasemos ocho (o más) horas al día trabajando para ganar un dinero, y que parte de ese dinero tengamos que invertirlo en terapia para gestionar el estrés que ese mismo empleo nos produce?

Éste es un problema que tiene muchas patas, desde la precariedad laboral hasta el mal uso de las tecnologías más recientes, pasando por las escasas opciones de conciliación; pero cuyo origen está en nuestra propia conciencia individual. Poner límite a las exigencias externas, dar nombre a lo que nos preocupa y trabajar en nosotras mismas para poner freno a sensaciones como el síndrome de la impostora o la culpabilidad por descansar en nuestro tiempo libre es imprescindible para que podamos vivir, y no solamente sobrevivir.

Y ese es uno de los objetivos de este blog. ¡Espero que nos acompañemos en este camino!