Hoy fue uno de esos días de abrir los cajones y las puertas de los armarios y hacer limpieza.

Quitar cosas que estaban rotas, que ya no son de mi talla o que al final no usaba tanto y donarlas, tirarlas (si no tenían remedio) o reciclarlas en otras prendas diferentes. Y es algo que consume mucha energía mental, casi como si fuera un examen, pero que después se siente muuuuuy liberador.

Inconscientemente, asociamos nuestra ropa a momentos de nuestra vida, a lugares e incluso a personas. Una camiseta que te regaló tu hermana, los pantalones que tuviste que comprarte para ir a trabajar o esa chaqueta que tanto usabas hace diez años te traen recuerdos, pensamientos y sensaciones. Y cuando éstas no son positivas o no se corresponden con la visión que tienes de ti misma, puede ser un poco perturbador. Ahora que lo pienso, creo que la razón por la que me agota tanto la limpieza de armario es por esa mezcla de emociones, recuerdos e ideas.

Siempre he sido una persona acumuladora. Me cuesta quitarme de encima objetos que en algún momento fueron importantes para mí, incluso si me paso meses sin verlos o sin recordar que existen: De pronto me siento incapaz de deshacerme de ellos. Pero con el tiempo, la falta de espacio me ha obligado a ser más estricta al respecto, y he aceptado que si bien es importante hacer limpieza de armario, también lo es despedirme de esos objetos al ritmo que necesito. A veces solo tengo que intentar incorporar esas prendas a mi estilo actual para ver que no pinto nada con ellas puestas, y querer quitármelas de encima, y otras veces les doy la oportunidad de quedarse en mi armario una temporada más y volver a pensármelo dentro de seis meses. Y cuando por fin me decido a quitarlas y las regalo a alguien conocido que quiera quedárselas, me lleno de la satisfacción de saber que tendrán otra vida en manos de alguien que sí que las va a disfrutar. Y para los recuerdos siempre quedarán las fotos.

Cada vez que tengo que hacer este proceso divido mi ropa o complementos en cuatro montones:

  1. Todo lo que esté roto y no tenga remedio, que se irá directamente a reciclaje.
  2. Todo lo que está roto y necesita un arreglo para que pueda seguir utilizándolo. Esto se irá a las manos de una costurera que me lo repare.
  3. Todo lo que no me sirve, no va con mi estilo actual o me trae malos recuerdos, que lo regalo o lo dono.
  4. La ropa que me gusta y me sirve y que va a permanecer, al menos, una temporada más (¡hasta la próxima revisión de armario!)

¿Cuándo fue la última vez que te desprendiste de una prenda a la que le tenías mucho cariño?