El lenguaje es una potente herramienta que, además de permitir la comunicación, nos define y nos moldea.

Dentro de nuestro propio lenguaje, una pregunta que nos hacemos muy a menudo es «¿Por qué?»: «¿Por qué me pasa esto?» «¿Por qué no supe responderle como debía?» «¿Por qué dedicarme a esta profesión?». Sin embargo, nos pone en la cómoda posición de responder de forma automática «porque sí», «porque toca» o «porque hay que hacerlo», sin que profundicemos en los auténticos motivos que nos llevan a hacer algo. Es decir, justifica el objetivo final sin permitir que nos detengamos a conocer más sobre un hecho, un hábito o incluso nosotros mismos.

Si cambiamos la pregunta a «¿para qué?», las respuestas pueden sorprendernos. Nos permiten dar un sentido mucho más profundo a nuestras decisiones y, con ello, a nuestra propia vida. Si te preguntas para qué haces algo, le das un nuevo significado a tus acciones, podrás conocerte mejor y encontrarás con mayor facilidad la motivación adecuada para realizar cada tarea.

Por ejemplo, si me pregunto por qué quiero vivir una slow life, mi respuesta es clara: Porque quiero estar más tranquila. Pero si me pregunto para qué, no me queda más remedio que profundizar: Para tener menos ansiedad, para recuperar el control sobre mi tempo libre, para disfrutar más junto a mi familia y para permitirme descansar.

Si voy más a fondo aún y me planteo el para qué de las pequeñas acciones cotidianas, me descubro ante mi misma que bordo para relajarme, que intento comer sano para envejecer de la forma más saludable posible, que tengo perro para darle un hogar a un animal que no lo tenía y que me maquillo a diario para verme arreglada cuando me miro al espejo, ¡vanidosa que es una!

Preguntarte el porqué de algo puede llevarte, también, al pasado: De ahí el enorme poder motivador de «¿para qué?», que evita ese viaje en el tiempo. Por ejemplo, si te preguntas «¿por qué me compré esta casa?» seguramente pienses en el momento en que tomaste esa decisión, y tu respuesta sea «porque me gustó» o «porque me convenía». Si te preguntas «para qué», quizá la veas con otros ojos: «Para estar más cerca de mis padres» o «para tener un jardín que cuidar».

¿Te atreves a cambiar las preguntas que te haces?