El modo de vida que conocemos todos es rápido, globalizado y feroz. Nos ha llevado a perder el contacto con la naturaleza y con nosotros mismos.

Además, se sostiene gracias al consumismo sin frenos que ignora sus consecuencias, y del que todos, en mayor o menor medida, somos cómplices y víctimas. La publicidad y la presión social, incluso si no nos damos cuenta, nos genera necesidades y nos ofrece las soluciones a éstas, solo para volver a crear una nueva necesidad y continuar vendiéndonos productos elaborados, a menudo, en condiciones desfavorables para el medio ambiente y para los empleados de las empresas productoras.

La existencia a toda velocidad no es compatible con el auténtico desarrollo personal, aunque lo confundamos con tener estudios, obtener un ascenso o finalizar un máster. Esto puede tener cierta relación, ya que el desarrollo académico y laboral es muy enriquecedor, pero tendemos a olvidar nuestra esencia y a vernos como meros instrumentos de producción. Por suerte, cada vez despertamos más a la necesidad de tener tiempo para apreciar lo que nos rodea. Esto supone que tenemos que aprender a vivir conscientemente, a que cada momento, agradable o desagradable, cuente, ¡incluso esos momentos en los que no hacemos nada más que descansar o que ver la tele! Centrarnos en estar y en vivir, no solamente en hacer.

La slow life tiene mucho de vivir con consciencia. Es dedicarle a cada actividad el tiempo que merece y que requiere, evitar la multitarea y, con ello, centrarnos en una cosa cada vez. Ser dueños de nuestro ritmo y de nuestra vida. Saber lo que necesitamos de verdad, tomar decisiones sabiendo su impacto en nuestro entorno inmediato y lejano, y valorar alternativas que quizá en primera instancia no se nos habrían ocurrido.

¿Te apuntas a vivir con más consciencia, con más calma, saboreando cada momento?

«Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos»

(El Gran Dictador, 1940)