Aprender a organizarse

Para mí, durante mucho tiempo, la vida no era más que una sucesión de tareas, compromisos y responsabilidades, sin espacio para mí misma ni para plantearme hacia dónde quería ir o qué quería hacer.

Esto suponía que cada poco tiempo sufría ataques de ansiedad o acababa tirada en el sofá con fiebre causada por el agotamiento.

¿Mi motivo? No me creía suficientemente válida como persona adulta si no llevaba esa vida de responsabilidades. No sabía pedir ayuda y, en el fondo, tenía miedo de que otras personas pensaran que yo no era tan madura, tan responsable o tan generosa como yo pensaba que debía ser.

Pasaron los años, pasó un confinamiento de dos meses, y poco a poco fui aprendiendo a establecer mis propias prioridades. Para ello tuve que reconocer que mi semana se dividía en aquellas obligaciones que eran necesarias para mi salud y mi economía (por ejemplo, comer saludable, sacar al perro, trabajar o mantener un mínimo de limpieza en la casa) y lo que tengo que hacer para sentirme bien (pasear con mi pareja, dedicar tiempo a mis hobbies o escribir).

Ninguna de estas actividades es mejor o más importante que otra, por lo que no pueden competir entre ellas, sino lograr un equilibrio cuyo fin último es que yo me sintiera bien. Con esto en mente, y casi sin darme cuenta, empecé a simplificar mi agenda. Aprendí a decir «no», a delegar y a pedir ayuda.

Dejé de considerar lo que otros esperaban de mí y a prestar atención a lo que me funciona a mí y a mi familia. No ha sido un camino sencillo, ha estado plagado de pruebas y errores, pero ha valido la pena tener, por fin, el control sobre mi propio tiempo y mis recursos. Gestionar mejor cada día y la atención que le doy a los elementos más estresantes de mi vida me hace afrontar cada jornada con un entusiasmo y y una ilusión mayor.

Tener mas tiempo

Una de las claves ha sido valorar el nivel de sacrificio que estoy dispuesta a hacer. Por ejemplo, «¿es un buen día para quedar con una amiga, o tengo muchas cosas esa mañana y llegaré agotada a mi cita?» O «¿Puedo permitirme participar en este proyecto, o significará que tengo que explotarme durante dos días para recuperar ese tiempo?»

No se trata de renunciar a estas actividades, sino a plantear su prioridad, siempre situándome a mí y a mi familia como protagonistas en la balanza, y planificar mi día a día teniendo esto presente. Y tú, ¿cómo organizas la agenda?