La palabra "nope" escrita con pintura blanca sobe una superficie de madera

En los últimos dos meses he tenido que dejar este blog sin actualizar dos semanas y he renunciado a varios proyectos. Y no ha sido fácil tomar estas decisiones «anti-productividad».

Desde la lógica que seguía mi mente antes de adentrarme en la slow life, lo fácil habría sido encontrar un rato por la noche o madrugar para que la rueda de las actualizaciones periódicas no se detuviera. Pero, ¿habría sido honesto escribir sobre vivir con calma y, a la vez, no permitirme descansar? Yo creo que no.

En la misma línea, he tenido que repasar otros proyectos en los que estaba o estoy involucrada y, teniendo claras mis prioridades, rechazar algunos. Decir que no. ¡Y qué difícil es hacerlo! Hace tiempo que no acepto propuestas profesionales en las que no pueda obtener aprendizaje, contactos o nuevas experiencias, ¡o simplemente pasármelo bien haciendo lo que me gusta! Eso hace que algunas propuestas sean realmente difíciles de rechazar, porque quiero abarcarlas todas y sumar esas experiencias a mi vida laboral y personal.

Para mí, esto funciona igual que hablarme como le hablaría a otra persona: Si no pondría determinada carga de trabajo sobre los hombros de otro, ¿porqué me la pongo a mí misma? ¿Qué intento demostrar? Y la respuesta me asusta: Intento probar mi validez como persona y como profesional, como si eso no fuera algo que ya poseo simplemente por existir. Quizá la sensación te sea familiar. No tengo que demostrar nada a nadie, y pensar lo contrario es solamente fruto de una mentalidad colectiva que da más valor a la productividad que al ser humano.

Por eso, aunque no ha sido una decisión fácil, celebro saber decir que no. Poner límites por mi propio bien, permitirme descansar y cambiar de aires y, en resumen, vivir la vida que quiero.