Desde hace varios años he tratado de enfocar mis decisiones cotidianas hacia un estilo de vida algo más sostenible y respetuoso con el medio ambiente.

Esto me ha llevado a cambiar mis hábitos de consumo y a dejar de comprar determinados productos. Romper las costumbres que tenemos no es algo fácil, ya que damos por sentadas que muchas cosas son normales o que no hay alternativa, así que entre el tiempo invertido en investigar, en atreverme a hacer estos cambios y en lanzarme a aplicarlos y normalizarlos en mi vida cotidiana, ha pasado un tiempo. Es decir, no ha sido cuestión de cambiar de la noche a la mañana, pero sí de forma constante y estable. ¡Y vale mucho la pena!

Este cambio en mi forma de comprar me ha llevado, sin que lo esperara, a alejarme de las prisas y necesidades marcadas por el mercado, sobre todo en el mundo de la moda y de la alimentación. Y es que, aunque es imposible ser ajeno del todo a las tendencias y a las modas, o mejor dicho, a las necesidades que nos hacen creer que tenemos, sí que se pueden ver desde cierta perspectiva y tomar decisiones de consumo más frías y reflexionadas.

  • Champú y jabón líquido: Cuando aprendí que el ingrediente principal de estos productos es el agua (que ya tengo en casa) y que esa misma es la razón por la que se comercializan en botes de plástico, decidí cambiarlos por pastillas de jabón sólido, especialmente aquellas que están envueltas en papel reciclable. Para el champú, mis favoritos son los artesanales, que suelen estar elaborados por personas concienciadas con la sostenibilidad, pero a veces, por las prisas, consumo champús sólidos de marcas industriales. En cuanto a jabón para las manos y el cuerpo, los supermercados y mercados están llenos de opciones con envoltorio de papel.
  • Maquillaje «para probar»: Aunque soy muy monótona respecto a cómo me maquillo, hubo una época que me volvían loca los labiales de tonos fantasía y todo lo que llevara purpurina. Lo compraba para probar, lo usaba una o dos veces al mes y luego acababa aparcado en un cajón. Desde que comencé la transición a un consumo algo más consciente, me limito a comprar los productos que se que me gustan y que llego a gastar o a optar, si quiero probar algo nuevo, por marcas éticas con valores acordes a los míos.
  • Ropa barata: Sobre todo cuando la compraba en un arrebato. En España está muy normalizado salir de compras como forma de ocio, pero acababa volviendo a casa con ropa de oferta, de marcas que no destacan ni por su ética laboral ni por la calidad de sus prendas, y que no siempre le sacaba el partido que quería antes de que empezara a estropearse. Entonces pasé a comprar ropa de marcas que me daban más confianza, a evitar ir a las tiendas de moda «para pasar el rato» y a marcar algo más mi estilo. Si un prenda no va con la imagen que quiero dar con mi aspecto, ni me molesto en probármela. Comprar ropa de segunda mano, sobre todo prendas vintage con una calidad mayor que la que vemos hoy en día, es otra de mis estrategias para renovar el armario. Ah, por cierto, cuando compras ropa de buena calidad y que te gusta no necesitas «renovar» el armario casi nunca, salvo que cambies de talla, porque te dura más que unas pilas Duracell.

 

  • Pilas: Ah, hablando de pilas, cuando dejas de comprar cacharritos baratos que funcionan a pilas también reduces enormemente el consumo de pilas. ¿Quién lo diría?
  • Botellas de agua: Benditas cantimploras. Llevo agua de casa siempre en el bolso, prefiero pedir un vaso de agua a una botella de agua en los bares y cafeterías y sólo me cuelan las de plástico cuando voy a un restaurante en el que se ve feo que saque mi botellita estampada con flores del bolso para acompañar el menú. Tenía esta costumbre desde hacía mucho tiempo, pero cometía el error de reutilizar botellas de plástico que no están diseñadas para ello. Cuando descubrí que ese hábito podría ser peligroso para la salud, sobre todo si expones la botella desechable a muchos cambios de luz y temperatura, opté por botellas reutilizables transparentes, de plástico resistente o de cristal. En el mismo sentido, si vas a comprar refrescos o cervezas en el supermercado, te recomiendo los que vienen envasados en vidrio, es más fácil reciclarlo y normalmente sabe mejor.

  • Cepillos de dientes: No me malinterpretes, ¡claro que cuido de mi boca! Pero hace unos años sustituí los cepillos tradicionales por uno eléctrico, así sólo tengo que renovar el cabezal y no el cepillo entero. Además, sé que existen cabezales compatibles con las principales marcas y elaborados de forma sostenible, aunque todavía no he alcanzado ese punto. En el mismo nivel, optar por desodorantes en tarro de vidrio o incluso en pastillas sólidas es un gran avance. La pasta dental sólida, sin embargo, no termina de ir conmigo. Tiempo al tiempo.
  • Compresas y tampones: Nunca me cansaré de cantar las alabanzas de la copa menstrual. Una de sus ventajas es que nunca tienes que comprar tampones ni compresas, y mucho menos darte cuenta un domingo por la noche que no te quedan en casa productos de higiene íntima para el día siguiente.

  • Frutas y verduras envasadas: Aunque comprendo que para muchas personas las frutas y verduras envasadas, prelavadas y cortadas pueden ser útiles (pienso, por ejemplo, en personas mayores o con movilidad reducida) es un producto que, simplemente, no necesito. Compro la verduras y las frutas al peso utilizando mis propias bolsas de tela y, además, así escojo yo misma las piezas que me llevo a casa, y no me cuelan ninguna en peor estado o más madura que las demás.
  • Envases individuales: ¿De verdad necesito comprar el yogur en un pack de ocho envases? ¿No me vale la pena el tarro grande? Pues sí. Comprar productos en envases que contengan más contenido, aunque tengas que cambiar tu forma de consumirlo, es mucho más ecológico que utilizar un envase de un solo uso por cada vez. En el caso del yogur, por ejemplo, me acostumbré a servirme la cantidad que me apetecía en una taza, y poco después comencé a echarle fruta picada, nueces, almendras… Al final me quedaba mucho más rico que si me hubiera limitado a abrir un envase individual. Con las conservas pasa algo parecido: No es cuestión de echar a perder la comida, pero si compras atún en latas que te suelen quedar pequeñas, y acabas teniendo que abrir dos latas a menudo, empieza a comprarlo en envases más grandes. O si vas a preparar comida para varias personas, sé coherente y compra el envase que ya traiga una cantidad cercana, en vez de varios de menor tamaño. Ah, también opto por los envases de vidrio frente a los de plástico siempre que me sea posible, aunque esto es algo que hay que valorar también desde el punto de vista económico (a veces estas marcas son un poco más caras) y respecto al peso total que tienes que cargar en la bolsa de la compra. Y la charcutería, pescadería y carne, mejor al peso.

¿Coincidimos en alguno de estos hábitos de consumo?