Para mí la moda siempre ha sido una forma muy potente de expresión. Elegir bien mi ropa, por tanto, es fundamental. Y no solo en estilo o talla, sino también en su origen.

Estudié en un colegio femenino religioso, donde todas las alumnas llevábamos el mismo uniforme. La única diferencia la marcaban los días de Educación Física, que teníamos que llevar el chándal, también del uniforme. Los viernes por la tarde, sin embargo, iba a una actividad extraescolar y podía llevar ropa de calle. Era mi momento.

Nunca fui muy coqueta, pero me gustaba lo que mi ropa trasmitía. Y me gustaba poder expresarme a través de ella. Por entonces lucía muy a menudo unos vaqueros anchos con un parche de Los Simpson y una camiseta a rayas, las dos prendas heredadas; o una falda denim de tirantes. También me encantaba un vestido a cuadros azules y blancos y los tenis de plataforma verdes. Luego llegó la adolescencia, con su extraña prisa por encajar y la frustración de descubrir que aunque me vistiera igual que los maniquís, la ropa no me quedaba tan bien como a los maniquís. Ni me representaba. Era como si intentara imitar algo intangible que tampoco me ilusionaba. Y un día me cambió el chip, empecé a elegir mi ropa por mí misma, y desde entonces no he parado de cambiar de estilo, desde el rollo skater-punk de principios de los 2000 hasta la estética Lolita japonesa, pasando por la moda de inspiración rockabilly y pin-up que me acompaña desde hace ya muchos años. Y siguen sin gustarme los uniformes.

Y aunque hasta hace unos pocos años no sabía (ni quería saber) la realidad de la industria de la moda, el colapso del Rana Plaza en 2013 hizo que fuera imposible mirar hacia otro lado. Desde entonces, y poco a poco, fui aprendiendo sobre la realidad social, económica y ecológica de la fast-fashion, tanto en los países donde se produce como en los lugares en los que se consume. Pero mi intención no es hablar de ello hoy, sino contarte cómo compro mi ropa para encontrar el equilibrio que necesito entre ética y estética:

  • Tengo muy claro mi estilo, qué prendas me gustan y usaría, y cuáles me parecen bonitas pero no van conmigo. Con esto en mente, es muy fácil evitar las compras impulsivas, ya que sé lo que necesita mi armario en cada momento (y cada vez necesita menos, sinceramente) o, si me enamoro de una prenda, tengo claro si la usaría o no. Un truco que me funciona es pensar si esa pieza de ropa me combina con lo que ya tengo en casa hasta el punto de que podría hacer tres conjuntos diferentes con ella sin tener que comprar ningún extra.
  • Me informo sobre el origen y las condiciones de trabajo de las fábricas y tiendas de las marcas que me gustan. Con el tiempo me he ido centrando en cuatro o cinco marcas concretas y reviso periódicamente su ética de trabajo o si tienen críticas por parte de empleados locales en la web.
  • Priorizo la calidad antes que la calidad, y como no me muevo por las tendencias sino por mi propio gusto, esto se traduce en que tengo ropa de muy buena calidad, desde hace años, en mi armario. He perdido el miedo a estropear la ropa si la uso «para cualquier ocasión», porque he entendido que cualquier ocasión puede ser especial. Sí, podrías verme en el supermercado en tacones y con un vestido de vuelo, o saliendo a dar un paseo con vaqueros y botas.
Luciendo uno de mis vestidos favoritos con unos tacones que me habían prestado para un evento. ¡No necesitaba comprar unos solamente para una fecha!
  • Apuesto por la ropa vintage o de segunda mano (sea de la época que sea). Darle una segunda oportunidad a las prendas comprándolas en anticuarios, tiendas de ropa usada, cambiándola con amigas o familiares o comprando en plataformas como Wallapop es más ecológico, respetuoso y divertido. La experiencia de compra se vuelve mucho más especial, ¡y también aprovecho para vender lo que ya no uso!
  • La ropa que compro responde a una necesidad real. Por ejemplo, con los vaqueros. Tengo dos pantalones vaqueros largos estándar (más uno de tirantes) y no necesito más, pero en cuanto se me rompe uno, compro el sustituto. Cuando se me estropeen los únicos tacones que tengo, compraré otros. Si las falas que llevo en verano han dejado de servirme, me pongo como objetivo que mi próxima compra de ropa semi impulsiva tenga que ser una falda de verano.

Y tú, ¿cómo compras ropa?