Yo no busqué vivir lentamente, vivir slow. Esta filosofía de vida me encontró a mí e inevitablemente, cuando descubrí en qué consistía todo cobró sentido.

Cuando me di cuenta de que no podía seguir tratando de cumplir más expectativas personales, domésticas y laborales inalcanzables, comencé a cambiar pequeñas cosas y a abandonar hábitos dañinos. Esto me llevó a vivir con más calma, y cuando me topé con el término slow life, me di cuenta que era exactamente el camino que estaba recorriendo.

Si no sabes muy bien cómo empezar a transformar tu vida hacia la calma, te sugiero trabajar en estos seis hábitos que he abandonado, uno a uno, y muy pronto notarás el cambio de chip:

  • Olvidar los propios límites: Durante una época fui incapaz de decir que no. No por querer complacer a otros, sino por miedo a perder la oportunidad de participar en algo o por no tener razones para decir que no. En consecuencia, acababa la semana agotada y sin tener ni tiempo ni ganas de cuidarme a mí misma. En cuanto empecé a poner límites por mi propio bien y aprendí a respetarlos, mejoró mi autopercepción, mi descanso y la seguridad en mí misma. Ya no hago planes por hacerlos, sino que dedico mi tiempo a lo que de verdad está en sintonía conmigo misma.
  • Priorizar el trabajo: Formo parte de una generación que se lanzó al mercado laboral en plena crisis de 2008, que empezó a considerar que ser mileurista es un lujo y que se ha dado de morros ante la realidad de que estudiar, trabajar y esforzarte no te garantiza, ni siquiera, poder alquilar una vivienda. Esto, como a tantas personas, me sumió en un bucle en el que cuanto más trabajara y más agotada estuviera más merecedora de respeto me consideraba; y que me hacía pensar que eso me daría derecho a reclamar la vida que deseaba. Pero era al revés: Sumarme a un sistema que me quería haciendo horas extra y pluriempleada solo beneficia a quienes se ahorran mano de obra con mi sobreesfuerzo y a los fabricantes de pastillas para la ansiedad. Cuando comprendí que trabajo para vivir y no al revés, empecé a ser mucho más feliz.
  • Opiniones ajenas: Cuando vives de forma consciente y fiel a tus principios deja de importarte lo que los demás tienen que decir al respecto. Escucha las opiniones que has pedido y aquellas que vienen de personas que se preocupan genuinamente por ti, e ignora las demás. Hay quienes solo quieren tener razón y sentir que son más que los demás y tratarán de persuadirte para que hagas lo que ellos creen que es mejor, a veces para no replantearse sus propios métodos y otras veces para «sumar puntos» al pensar que su consejo no solicitado te va a solucionar la vida y sentirse mejor con ellos mismos. Reconoce estos comportamientos y no te dejes llevar por sus presiones.

  • Priorizar a los demás: Lo siento, pero soy mi prioridad nº1. Esta actitud puede parecerte egoísta, como me lo parecía a mí hace años, pero nada más lejos de la realidad. Parte de la idea de que si yo no estoy bien no voy a poder ayudarte ni acompañarte como te mereces. Y si no puedo estar contigo te haré saber el motivo. Cuando me cuido y me priorizo puedo estar ahí para mi familia, amigos, compañeros de trabajo, etc., porque llego desde una base sólida que me permite disfrutar, comprender y acompañar.
  • Complacer a otras personas: Cuando se vive en el hábito de tratar de tener contento a todo el entorno, se vive poco y mal. Vivir para complacer a los padres, hijos, pareja o amigos, sin valorar si las decisiones que tomamos van en línea con nuestros valores es como construir un castillo de naipes. Bonito pero extremadamente frágil.
  • No pensar en una misma: Somos ese pozo al que nos da miedo asomarnos, pero si no lo hacemos no podremos averiguar nuestras necesidades, qué valores nos representan, cuáles son nuestros objetivos, etc. Vivir en piloto automático no nos permite desarrollarnos plenamente ni dar el máximo de nuestro potencial.