Después de una primera mitad del verano un poco caótica, toca tener el foco puesto en aquello a lo que de verdad quiero dedicar mi energía en lo que queda de estío.

Julio ha sido un mes loco, loco. Entre las olas de calor constantes, una serie de consultas médicas, nuevas rutinas y haberme contagiado de COVID-19, se ha pasado volando. No he tenido tiempo ni energía mental para marcar mis intenciones para el verano hasta ahora. Y, como más vale tarde que nunca, he hecho el ejercicio de considerar en qué me quiero centrar en lo que queda de agosto y septiembre. ¿Para qué sirve esto? Es una forma de recordarme a mí misma lo que de verdad necesito, lo que me piden tanto el cuerpo como la mente, y no distraerme más de la cuenta con planes, proyectos o preocupaciones que no me vienen bien en este momento de mi vida.

  • Sentir menos presión por hacer las cosas que tengo planeadas. Esto supone aplazar planes o decir que no a lo que me siento obligada a hacer. En los últimos dos meses he dado pasitos en esta línea, y quiero mantenerlo el resto del verano.
  • Mirar menos el reloj y llevarme más por lo que el cuerpo me pide en cada momento del día.
  • Llevar el autocuidado a un nivel más profundo en la alimentación, el ejercicio físico y el tiempo que paso al aire libre.

Se aproximan cambios importantes a mi forma de vivir, de organizarme y en prioridades, por lo que quiero aprovechar estos meses para asentar todo lo que he aprendido en lo que llevamos de 2022, sentirme bien conmigo misma y eliminar algunos malos hábitos que no me hacen bien ni a mi ni a mi familia. Pero así, lentamente, sin presión. A lo slow life.