Comienzo a escribir con una sencilla idea en mente: ¿Lo funcional y económico le ha quitado espacio a lo bonito?

Durante un trayecto en coche por Los Silos, Tenerife, mi marido y yo íbamos fijándonos en la arquitectura de las casas: de las más antiguas y tradicionales del casco histórico pasamos a ver viviendas más humildes, pero con un claro estilo canario. Al acercarnos a las zonas más modernas vimos chalets que, sin ser especialmente bonitos, se notaba que había cierto esfuerzo en darles una estética agradable y acogedora. Junto a ellos, y con un cartel de «viviendas en promoción», había unas casas totalmente cuadradas, grises, que ya pasaban de largo la delgada línea que separa el diseño minimalista de vivir en una especie de caja de zapatos gigante.

Esto nos hizo pensar sobre cómo nos hemos acostumbrado a rodearnos de espacios, objetos y diseños meramente funcionales, pero sin ningún interés estético que los convierta en bonitos, en dignos de mirar. Y es que hemos caído en la tiranía del diseño barato y simple: Tenemos estanterías con un diseño tan básico que no nos invitan a reciclarlas o restaurarlas si se estropean, nos da miedo usar nuestra ropa favorita «a diario» por miedo a desgastarla, y vivimos en edificios que difícilmente captan la mirada de ningún transeúnte.

Plaza mayor de Madrid, antes y actualmente.

Al perder la belleza, lo que nos rodea pierde el valor que nos invita a cuidarlo y a conservarlo, a mantenerlo, y nos aísla de la belleza motivadora que tanto se buscaba en épocas pasadas.

Siempre he creído en la importancia de vivir y trabajar en espacios que no sean solamente funcionales, sino que sean bonitos. Que nos parezcan merecedores de tomarles una foto. Lo mismo ocurre con las áreas comunes y las zonas urbanas, ¿Cómo de agradable sería nuestro camino a la oficina si transcurriera por una zona arbolada, o si las plazas tuvieran sombra y fuentes? ¿Y si los buzones de Correos y los semáforos se diseñaran para ser bonitos sin renunciar a su funcionalidad? Y sí, esto tiene mucho que ver con el slow life, ya que el entorno en el que nos relacionamos con otras personas, es decir, la calle, parques y plazas, está convirtiéndose en un lugar impersonal que no invita a sentarse y a pasar el tiempo hablando y compartiendo. Nuestros barrios son, cada vez más, zonas de paso, por las que caminamos rápido sin plantearnos ni siquiera si es un paseo digno de ser disfrutado.  Nuestras ciudades rinden culto al automóvil y nos aíslan de nosotros mismos, de los cambios en la naturaleza y de los refugios sociales en los que se amparaban otras generaciones… salvo que sea para consumir.

Como afirma Carl Honoré en su libro Elogio de la lentitud, «Todo en la vida urbana -la cacofonía, los coches, las multitudes y el consumismo- nos invita a correr más que a relajarnos, reflexionar o relacionarnos con la gente. La ciudad nos mantiene en marcha, como si estuviéramos conectados a la corriente eléctrica, en una búsqueda constante del estímulo siguiente. Pero, por más que nos entusiasmen, las ciudades nos parecen alienantes».