¿Cuándo fue la última vez que te pusiste una prenda de ropa cara o una pieza de joyería para ir al supermercado?

Puede que esta pregunta te haya sorprendido. «¿Por qué tendría que arreglarme para ir a hacer la compra?», es lo que yo habría dicho hace unos diez o doce años.  Por entonces yo me esforzaba para ahorrar y poder comprarme, de segunda mano, mis vestidos favoritos de algunas marcas japonesas, como Innocent World o Emily Temple Cute. Los cuidaba con mimo y no se me habría ocurrido utilizarlos para ir a clase, hacer recados o salir a dar un paseo con el perro. Y un día vi una foto de una chica, con un vestido similar a los que yo tanto atesoraba (y que acababa utilizando solamente una o dos veces al mes para salir a merendar con mis amigas) en el pasillo de un supermercado, destacando entre el resto de clientes con sus complementos llamativos y su falda con mucho volumen. Y entonces empecé a entender dos frases que le he escuchado decir a mi madre, y es que «las cosas están para usarlas» y «a la tumba no nos lo vamos a llevar».

Y es que tendemos a acumular objetos valiosos (ya sea por su coste económico, emocional, histórico, etc.) y no los usamos, los dejamos envejecer guardados o empaquetados. ¿Cuándo fue la última vez que sacaste la vajilla buena? ¿O que te pusiste los pendientes caros que te regalaron unas navidades? Empecé a entender que diferenciamos entre estos objetos «especiales» y lo del día a día, y que los primeros sólo se reservan para ocasiones igual de especiales que la importancia que les damos. Sacamos las copas bonitas en Nochevieja y vuelven a la despensa durante otro año entero, tiempo durante el cual utilizamos los vasos más simples y baratos de Ikea. Tenemos un abrigo para «salir a cenar» y otro para ir al trabajo o dar un paseo con la familia. Compramos pinceles buenos para seguir practicando nuestro hobby y nos da miedo estrenarlos por si los estropeamos. Y así constantemente.

Retrasamos el momento de estrenar o de usar esos objetos por miedo a estropearlos, o a que pierdan su valor por el simple hecho de que se conviertan en algo cotidiano y mundano a nuestra vista. Vuelvo a poner como ejemplo mi armario, pero en esta ocasión, unos años más tarde. Mi estilo empezó a mudar de esa estética pop japonesa que tanto me gustaba a estar inspirado en la moda estadounidense de los años 40 y 50. Empecé a comprar blusas que me favorecían muchísimo, vestidos con los que me sentía maravillosa, pero iba a trabajar en vaqueros y camisas de marcas de fast-fashion. No quería estropear esa ropa que requería un ahorro extra o que me habían regalado, a pesar de que me ayudaban a sentirme empoderada, segura de mí misma y feliz en mi propio cuerpo por primera vez en muchos años. Y un día me cansé, y empecé a buscar ropa de estilo vintage pero algo más parecida a lo que ya estaba acostumbrada a usar a diario: En vez de acumular vestidos de vuelo, me hice con unos pantalones pirata de estilo pin-up y un pantalón de tirantes que recordaba a la ropa que las empleadas de las fábricas utilizaban durante la II Guerra Mundial. Y empecé a perder el miedo, por un lado, a mostrarme a diario como más me gustaba verme; y por otro lado, a darle uso a mi ropa favorita.

¿Sabes qué pasó? Que no perdieron valor: lo gané yo. No quiero decir que ganara valor como persona o como profesional, sino que empecé a convertir los momentos cotidianos en especiales. Tenía miedo de que ocurriera lo contrario, pero comprendí dos cosas:

  • Que un objeto que es valioso para mí se estropee por el uso no lo hace menos valioso, lo hace mejor aprovechado. La misión de esos objetos es ser utilizados y disfrutados, no guardados y anhelados. En mi caso, además, se trata de prendas de mejor calidad que las que utilizaba antes, por lo que ese desgaste es mucho más lento.
  • Que cualquier momento del día a día merece considerarse especial. Poner la mesa con una vajilla bonita y un florero aunque seas la única persona que vaya a sentarse a comer te hace sentir muchísimo mejor.

Hay momentos en la vida que nos marcan para siempre. Cuando conocemos a quien será, con el tiempo, nuestra pareja, cuando fallece un ser querido o cuando tienen que ingresarnos de urgencia en el hospital. Y son momentos que no son especiales desde una perspectiva idealizada y romántica, pero nos dejan huella, y no podemos planearlos. A veces no somos capaces ni de recordarlos con nitidez. Otros momentos, como el día de nuestra boda o nuestro 30º cumpleaños, están planificados y marcados en el calendario, pero ¿de verdad vamos a limitar el disfrute de esos objetos tan valiosos a esas escasas fechas en nuestra vida?

Las crisis económicas nos han hecho creer que rodeándonos de objetos de valor monetario estamos protegiéndonos ante los vaivenes de la economía, pero en vez de hacerlo con la mentalidad de consumir conscientemente y adquirir objetos duraderos y de calidad, hemos aprendido a ahorrar para poder comprar para poder acumular por si acaso tenemos que venderlo. Los que somos coleccionistas, quizá, pecamos en exceso de esto.

Si te has reconocido en lo que te cuento, levántate, abre tu joyero o tu armario, o mira tu alacena o el mueble de tu despacho, y piensa en todos los objetos que te da miedo usar por ser demasiado especiales. Usa ese vestido, enciende esa vela que huele tan bien, pon un florero en la mesa. Tú eres única, tu vida también lo es. Cada día es una ocasión especial, así que no dejes de disfrutar de aquello que te gusta por miedo a arruinarlo o a que pierda el valor que tiene para ti.