Siempre he trabajado mal la incertidumbre. No fue hasta que aprendí (observando la naturaleza) que todo tiene su ritmo, y que hay situaciones en la vida que no puedes acelerar, que la ansiedad dejó de controlarme.

Un embarazo es una de esas circunstancias en las que puedes hacer todo lo que está en tu mano y, aún así, no llegar a controlar lo que ocurre. Solo puedes tener paciencia y esperar que todo vaya bien. Y yo no soy muy buena en ninguna de estas dos cuestiones, o al menos, no lo era.

Y es que me paro a pensar, ¿qué es lo peor que podría pasarme en este primer trimestre de embarazo? Lo tengo claro y lo escribo con miedo, como si verbalizarlo fuera invocarlo: sufrir un aborto. Por ese miedo esperé a dar la gran noticia a mi familia y a mis amigos, hasta que me di cuenta que, en caso de que esto ocurriera, quería tener su apoyo. No iba a ocultarlo entonces, así que no tenía sentido esconderlo mucho más tiempo.

La premisa era esa: Se lo contaría a las personas que sé que estarían a mi lado en el peor de los casos, y el resto tendría que esperar al segundo trimestre, en el que el riesgo disminuye y todo se vuelve más estable. Siento decirte que la única forma que encontré para lidiar con el miedo fue la misma que aplico cuando los medios nos han saturado con noticias traumáticas:

  • Controlar qué información consumo y de dónde proviene, tanto en revistas o Internet como en las experiencias que otras personas comparten conmigo.
  • Mantener cierto control sobre la cantidad y calidad de la información que recibo, sin miedo a rechazarla o a pedir silencio al respecto.