Si hay algo que me tomó por sorpresa en el embarazo es la sensación de pérdida de control sobre mi propio cuerpo.

Al principio, lo más confuso fue el cambio en mi alimentación. Olores que me daban asco, comidas que habían dejado de gustarme y apetencias que ni eran normales en mi ni en mis rutinas. Llevaba un año comiendo de forma bastante saludable tras pasar por la guía de una nutricionista, y de pronto, sólo me apetecía comer galletas con chocolate. Y, mientras tanto, mi sistema digestivo se ralentizaba y me sentía cada vez más inflada. Y hambre. Y náuseas. Y náuseas por el hambre. Dejé de reconocerme en mi forma de alimentarme, y no había razonamiento lógico que le sirviera a mi cabeza.

Sentirme agotada constantemente me produce una sensación similar. No sé en qué momento del día voy a quedarme K.O. o qué esfuerzo me hará marearme, ni si tendré energía para las cosas más cotidianas. Es frustrante sentirse débil, aunque objetivamente sea consciente de a qué se debe este cansancio constante.

Por último, notar los cambios en mi cuerpo no está ayudando a soslayar mi sensación de pérdida de control. Aumento de talla de pecho, mis pantalones dejaron de cerrar y siento calambres y tirones en la espalda y el vientre, ¡y todo esto antes de terminar de asumir que mi cuerpo está creando un nuevo ser humano!

Lo único que me queda para suavizar esta sensación de pérdida de control es hablarlo con mi pareja, buscar experiencias similares en blogs y foros de Internet y recordarme a mi misma, constantemente, estas tres realidades:

  • Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
  • No puedo tener el control sobre todo, todo el tiempo.
  • Mi cuerpo es sabio y sabe lo que está haciendo, sólo tengo que confiar en el proceso.