Iré al grano: Durante mucho años, antes de quedarme embarazada, tenía una serie de herramientas e instrumentos que utilizaba si no podía gestionar mi trastorno de ansiedad de otro modo.

A veces era una copa de alcohol, más perjudicial que beneficiosa; otras veces eran las pastillas que me recetaba el médico y otras ocasiones unas amables cápsulas de valeriana y pasiflora.

Pero una vez te quedas embarazada, ya no puedes depender de estas sustancias para mantener la calma o dormir mejor. Que nadie me malinterprete, me había alejado bastante del alcohol antes de saber que esperaba un bebé, pero saber que ni las pastillas relajantes de los herbolarios ni una infusión me iban a poder ayudar hizo que me viera sin las armas que había utilizado hasta entonces. Es un momento en el que tienes que enfrentarte a mano desnuda a tu tormenta interior.

Y es una aventura. Sobre todo porque ya no lo haces por ti, ahora también hay una pequeña criatura creciendo en tu interior. Ah, y las palpitaciones, esas que asocio tan fuertemente con un ataque de pánico, fueron uno de los primeros síntomas del embarazo. Esa sensación, que durante años empezaba a desmontarme por dentro, tiene lugar durante la gestación porque el corazón bombea más sangre y con más fuerza para mantener al feto vivo y en crecimiento.

Pero volviendo a la ansiedad: quizá éste es uno de los aprendizajes que el embarazo va a dejarme; el aprender a gestionar mis emociones buenas e incómodas sin la «ayuda» de ningún producto diseñado o marqueteado para eso. Y no pasa nada.