En este mes he aprendido muchas cosas prácticas, he observado a mi bebé para entender qué necesita de mi, pero también me he llevado dos lecciones importantísimas que espero tener presentes el resto de mi vida.

La primera de ellas, es que la maternidad es un recordatorio constante de que no todo es blanco o negro. La maternidad y la paternidad son grises. En el mejor sentido de la palabra, son tonos de gris. Algunos momentos del día son casi negros, otros son blancos: esos momentos de paz, en los que todas las piezas del engranaje encajan y consigues lo que estabas tratando de lograr (ya sea que el peque se duerma enseguida o que pase más de ocho horas sin que tengas que cambiarle de ropa porque se manchó inesperadamente). Pero siempre son tonos de gris.

La primera semana con nuestra criatura en casa, intentando mantenerle bien alimentado, fue algo inestable para mí a nivel emocional. Las hormonas burbujeaban, la falta de sueño y el cansancio del parto estaban haciendo acto de presencia, y yo no tenía término medio: o me podía la ansiedad, la culpabilidad de pensar que no estaba haciendo lo suficiente y la tristeza de creérmelo, o me sentía la persona más feliz del mundo. A partir del décimo día aprendí a ver todos los tonos de gris y a asumir que no hay días buenos ni malos, hay días mejores o peores, ¡depende de cómo los compares! Es más, me atrevo a decir que hay momentos mejores y peores, y que éstos no tienen porqué condicionar un día completo. Ahora mismo, por ejemplo, puedo estar escribiendo esto porque el bebé está dormido profundamente en su cuna, pero hace apenas unas horas estábamos a punto de sucumbir a la frustración de no saber porqué lloraba y cómo podíamos ayudarle a descansar. Recordar que ni hay días idílicos ni hay días fracaso me ayuda mucho a gestionar las emociones negativas que surgen en diferentes momentos de esta primerísima fase de la crianza.

La segunda lección es que, definitivamente, los horarios son un invento de los adultos para controlarnos a nosotros mismos. Los bebés y los niños no los necesitan, ellos tienen hambre, sueño y cansancio sin importar el momento del día ni el lugar en el que estén, son puro instinto. Un mes con mi recién nacido en casa y lo único que sé decir es «nunca sabemos a qué hora estamos listos para salir» y «pues quizá nos apuntamos a ese plan, depende de la noche que pasemos». Todo está condicionado por su falta de condicionamiento, aunque suene contradictorio, y me recuerda constantemente que hemos aprendido a vivir con horarios y con prisas, pero que no es algo innato al ser humano. Al menos ahora, durante el permiso de maternidad, es un placer dejarme llevar por los ritmos caóticos de mi bebé, aunque al principio esa falta de organización era lo que más me agotaba. Sustituir algunas de mis rutinas rígidas y estrictas, sobre todo aquellas de las que no era consciente, por la flexibilidad y los instintos de mi pequeño, es toda una aventura.

Y es que el slow life no pretende ser idílico, pretende ser perfecto en su imperfección. Y no necesitamos más en esta casa.