¡Feliz Navidad, la celebres como la celebres!

«El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y  hubo palabras mayores, el espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recupera-ron el buen humor; decían que era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!

Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.

«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto.»

Charles Dickens, Cuento de Navidad