Después de la temporada de fiestas navideñas, enero invita a pulsar el botón de pausa y volver a la rutina con la calma precisa.

Pero, ¿Qué nos encontramos? La cuesta de enero, los exámenes, las exigencias de los jefes al comenzar el año, la presión social por cumplir una serie de propósitos que, en gran parte, no van a depender de nosotras…

Tenemos que aprender a no hacer nada. Sin más. Estamos demasiado acostumbradas a estar disponibles 24 horas al día, siete días a la semana, tanto, que nos hemos olvidado de cómo se desconectaba del mundo exterior. En vez de dedicarnos a nosotras esos escasos ratos libres en los que, en verdad, estamos agotadas, los invertimos en otras personas o tareas. Y así nunca vamos a poder tener claras nuestras prioridades.

¿Sabías que permitirte no hacer nada en determinados periodos de tiempo potencia la creatividad, te permite escuchar mejor lo que tu cuerpo y mente necesitan, y supone una huida del caos desenfrenado del mundo exterior? Y no estoy hablando de tirarte en el sofá a mirar el techo, ¡salvo que sea lo que de verdad te apetezca! A veces «no hacer nada» tiene la forma de unas horas jugando a videojuegos, o releyendo una novela que tienes en casa y que recuerdas haber disfrutado muchísimo, o madrugar para ir a un mercadillo y volver con algunos tesoros. O dejar los platos sin fregar hasta el día siguiente. Lo que sea que necesites con tal de tener un espacio que te permita frenar, disfrutar de ti y de tu tiempo y alejarte de las exigencias externas.

Aprender a decir «no» también es fundamental para poder estar sin hacer nada. Incluso aquellos planes que de verdad quieres hacer merecen que valores si tienes el tiempo o la energía para dedicarte a ellos. ¡Si das demasiado de ti te quedas sin nada para ti misma!

En ocasiones, no hacer nada puede requerir algo de práctica. Sentarte en casa y simplemente escuchar el sonido de la calle, no sacar el teléfono móvil en la cola del supermercado o en el transporte público… Centrarnos en lo que podemos ver, escuchar, tocar y oler resulta incómodo al principio, pero nos ayuda a centrarnos, a detener el bucle de pensamientos frenéticos que nos acompaña y a, simplemente, disfrutar del momento. Es una forma, además, de saborear lo mundano. Desde que dejé de mirar mi teléfono en la sala de espera del médico comencé a apreciar los detalles que conforman el interior del ambulatorio, que está ubicado en un edificio antiguo. Las paredes con molduras, las ventanas enormes, los detalles de la madera de las puertas… Siempre habían estado ahí y nunca los había observado. ¿Te ha pasado algo parecido alguna vez?