Algo que va de la mano con revisar nuestras prioridades es la capacidad de improvisación. Y yo siempre he sido muy mala para dejarme llevar, ¡incluso cuando todas las opciones disponibles eran divertidas o agradables!

Aprender a improvisar. Aprender a dejar ir esa necesidad de control que tanto me caracterizaba. ¡Qué difícil! Pero, a la vez, lo necesitaba. Planificaba hasta el último minuto de cada día por miedo a perder el control y por una falsa sensación de seguridad al hacerlo, y lo único que conseguía era agotarme y perderme buenos momentos y planes que surgían a última hora. Era la reina de la agenda, sí, lo admito. Mi mente, durante muchos años, funcionó de una forma muy rígida, en parte para aliviar la sensación de descontrol y ansiedad que me generaba todo lo que no estuviera a mi alcance y en parte para tratar de sobrevivir al pluriempleo (llegué a trabajar para cuatro empresas a la vez). Pero en realidad lo único que conseguía era hacerlo todo siempre de la misma forma, sin espacio para la creatividad ni el aprendizaje; perder la capacidad de tomar decisiones por mi misma; sufrir cuando surgían cambios sobre los que yo no tenía ninguna capacidad de control y perder la capacidad de cuestionarme cosas, incluso mi propio estilo de vida.

Y entonces, un día, tomé una decisión que llevaba mucho tiempo postergando, y en los meses siguientes, mi vida se volvió patas arriba (pero para bien). Y descubrí el poder de la improvisación, de la flexibilidad. El poder que te da saber que los cambios, si son para bien, se aprovechan y disfrutan, y si son para mal, sirven de aprendizaje. Y que no pasa nada. De verdad, no pasa nada por no seguir una agenda estricta día tras día tras día.

Algunos de los procesos que me ayudaron a encontrar el equilibrio perfecto entre planificar e improvisar, y a perder el miedo a cambiar de planes, fueron:

  • Pensar «¿Y si…?» desde una perspectiva menos catastrófica. No utilizar esa fórmula para ponerme en la peor de las situaciones, sino para imaginar diferentes posibilidades desde la mayor objetividad que pudiera alcanzar en ese momento, fue clave para reconciliarme con los cambios de planes de última hora.
  • Darme libertad para improvisar, pero poco a poco. Primero, con el ocio. Después, con asuntos personales que sólo me afectan a mi. Después con planes familiares y laborales, y por último, permitiéndome cambiar aquellas cuestiones que llevaban apuntadas en la agenda mucho tiempo.
  • Dejar de planificar todo, y cambiar los «los martes quito el polvo y limpio la cocina» por «me gustaría poder limpiar el polvo y limpiar la cocina hoy, veremos si puedo o si lo dejo para otro día». El lenguaje que utilizamos es muy importante y afecta, incluso, a nuestra capacidad de improvisar o planificar.

Y tú, ¿necesitas tenerlo todo planificado, o eres una persona flexible con sus proyectos e ideas?