En octubre de 2022 dimos la bienvenida a nuestro primer hijo. Han pasado casi seis meses y quiero compartir contigo cómo hemos adaptado nuestra vida a sus necesidades y rutinas.

Un bebé es como un invitado que llega a quedarse a tu casa una temporada, pero una temporada bastante larga, y que tiene sus propios gustos y rutinas a las que tienes que adaptarte. Ya sabes, como cuando alguien se hospeda en tu casa y quieres que tenga una buena experiencia y se lleve un buen recuerdo, te lo pasas bien y disfrutas de su compañía, pero tienes que amoldar tus costumbres y tu forma de vivir en esa casa a su presencia durante el tiempo que dure su estancia. Comparaciones aparte, antes que nada, quiero dejar claro que este artículo se basa en mi experiencia personal. No puedo hablar ni siquiera por mi pareja, ya que cada uno puede tener una percepción diferente sobre cómo ha sido este medio año con nuestro pequeño en casa. Aclarado este punto, me gustaría contarte que creo que nuestro bebé es un niño bastante tranquilo, que disfruta observando y sintiéndose partícipe de lo que ocurre en casa desde el segundo mes de vida, aproximadamente, que fue cuando empezó a dar señales de interesarse por su entorno. Nos mantuvo muy cansados durante los primeros tres meses a base de la llamada hora bruja del bebé (que ocurría a diario cada vez que empezaba a caer el sol) y por tener el sueño muy ligero y algunas incomodidades con los gases. Esto suponía que, a pesar del cansancio, de siete de la mañana a seis de la tarde todo iba sobre ruedas. El caos empezaba después, pero pronto aprendimos a adaptarnos a eso y a planificar nuestras actividades familiares durante la mañana.

Ahí vino el primer cambio de rutinas. Quizá por haber trabajado durante años en horario de mañana estábamos acostumbrados a que el ocio tuviera lugar por la tarde, pero con el bebé en casa hubo que darle la vuelta a esa costumbre. No pasa nada. Cambiamos el salir a merendar por salir a desayunar, empezamos a hacer zapping por las tardes en las tomas de pecho y nos acostumbramos a irnos a dormir tarde. Estábamos en modo novatos total, sin saber muy bien qué quería esa criaturilla que teníamos en brazos ni cómo encajar nuestro descanso en nuestro día a día. En esas llegó la Navidad, con sus compromisos familiares, ¡y sobrevivimos!

Después de las fiestas, cuando el niño ya tenía dos meses, sentí que empezaba a conocer su carácter y a darme cuenta de lo que quería con mayor facilidad que antes. El caos continuó, por supuesto, pero al menos se apoderaba de mí la sensación de saber cómo era la personita que tenía delante y cómo poder tenerle contento. Y, poco a poco, dejé de sentir que estaba en una especie de proyecto experimental, y empecé a leer mejor sus señales y a darme cuenta de lo que necesitaba el bebé en cada momento desde que me daba las primeras pistas.

Vuelvo a la idea con la que empecé este post: respecto a las rutinas y al día a día, tener un bebé (que no tenga problemas de salud ni otras cuestiones que hagan más difícil la crianza, quiero decir) es como tener un invitado pasando una temporada en casa. En nuestro caso pudimos seguir haciendo nuestra vida con cierta normalidad, pero siempre pendiente de lo que esta persona quiere y necesita, para hacerle sentir lo mejor posible. En estos últimos tres meses he podido ir a clases de baile semanales, jugar a Los Sims, acudir a mis sesiones de terapia y ver a mis amigas con relativa normalidad. La diferencia está en no poder quedarme a tomar algo después, no poder encender el ordenador cuando quiero sino cuando duerme, no poder aprovechar para dar un paseo y ver tiendas al salir de la psicóloga o no ser capaz de comprometerme a estar disponible a una hora exacta porque nunca sé cuándo podrá estar listo el pequeñín. Y puedo seguir haciendo estas cosas, pero llevándolo a él y sabiendo que en cualquier momento puede aburrirse, ensuciarse o cansarse y querer volver a casa. Porque no siento que mi vida haya cambiado radicalmente, sino que se ha amoldado a lo que necesita y quiere el bebé, que es diferente. Y, como harías con un invitado al que le estás enseñando la ciudad, qué menos que dejar que él marque el ritmo.