La slow life no te libra de vivir con estrés, preocupaciones ni ansiedad. No es una fórmula mágica. Aunque es una gran ayuda, a veces no es suficiente con respirar hondo.

«Hay cosas que podemos controlar y cosas que no. Y cuanto menos nos preocupemos por las cosas que no podemos controlar, mejor». Esta frase, que en teoría ya me la sé pero a la práctica me es muy difícil aplicar, me la dijo mi médico hace unos días cuando acudí pidiendo ayuda porque no podía más. Mi cuerpo y mi mente me mandaba señales desde hacía semanas para que me frenara, me parara, ordenara mis prioridades. «Mensaje recibido», le dije a mi cabeza cuando sentí que iba a empezar a entrar en un bucle. «Voy a hacer un listado de las cosas que son importantes, que no puedo dejar de lado, y me voy a centrar en eso». ¡Já!

Mantener la casa limpia, con un mínimo de condiciones de salubridad, ¡aunque sea! Atender a Kili, nuestro perro. Atender a nuestro bebé. Pasar tiempo consciente con mi atención puesta en ellos tanto como pudiera. Trabajar. Comer sano. Encontrarme ocasionalmente con familia y amigos, en parte por mi y en parte para que vean al peque. Pasar algo de tiempo, aunque sea rascando la agenda, con mi pareja. Mi psicóloga me decía que tenía que encontrar pequeños huecos para mí, «¿cuándo?», pensé yo. «Pues será en los cinco minutos que dedico a maquillarme por la mañana oyendo música con los auriculares, mientras todos duermen. Algo es algo». Mi doctor me insiste en que tengo que ir a nadar al menos tres veces en semana para que mi lumbago no vaya a más. «¿Cómo voy a hacerlo? ¿Cuándo?» Ir a nadar no es dedicar 30 minutos a estar en la piscina o en el mar, es preparar la mochila, coger el transporte público hasta allí, nadar, recoger, volver. No son 30 minutos, es, como mínimo, una hora y media. ¿Tres veces a la semana? Ni de broma. Además, ya no sé volver a esa vida de intentar hacerlo todo, llegar a todo, y no vivir nada.

Mientras escribo, no dejo de recordar la angustia que transmiten las esculturas de la Sala de Níobe de la Galería Uffizi (Florencia).

En esas estaba cuando tuve que parar. Cuando tuve que ponerme delante de todo eso. Y no tengo muy claro cómo funciona el cuidar de mi salud, el mantener la ansiedad bajo control y a la vez encontrar el equilibrio entre eso y mis responsabilidades. Así que pedí ayuda, pedí una pausa, grité «¡pírdula!» (como decimos en Canarias, de niños) y el patio del recreo me escuchó.  Porque ya no me valía con respirar hondo, ni con imaginar que a mi alrededor había una burbuja en la que todo lo que me afectaba chocaba para no afectarme. Esa burbuja tenía filtraciones, y al final acabó por inundarse.

¿Me has leído hasta aquí? Gracias por ello, de verdad. Pero si tienes que quedarte con algo, que sea este mensaje: Pide ayuda. No intentes forzar, seguir, hacer como si nada. Aunque parezca que tu situación coincide con la de otras personas y a éstas no les afecta. Tú eres tú. Y te lo digo con un nudo en la garganta y con la piel de gallina, porque cuando no te vale con respirar hondo todo pincha, todo quema. Sigue tratando de vivir cada momento de la forma más presente que puedas, sigue buscando tus pilares y tratando de tener claras tus prioridades. Yo sé que si esto me hubiera ocurrido antes de aprender a vivir con más calma, no sería capaz de estar poniéndolo en palabras, contándotelo.