Romper con lo que habíamos planeado, con lo que pensamos que otros esperan de nosotros o con lo que marca la sociedad no es nada fácil…

… pero muchas veces es necesario. Es más, creo que las decisiones que tomamos y que rompen con lo establecido (bien por nuestro entorno, nuestra cultura o nuestras propias expectativas) son las que de verdad generan un cambio. A veces, para acertar, y otras veces para equivocarnos, per al final siempre es para aprender.

Improvisar nunca ha sido mi fuerte. Me hace sentir confusa y perdida, me hace pensar en todas las cosas que podía haber hecho para que ese plan saliera mejor y que no hice. A lo largo de mi vida he cometido demasiadas veces el error de quedarme donde estoy mal porque «más vale malo conocido que bueno por conocer». ¡Maldito refrán! Nunca me llevó a nada bueno. Ahora que cuento con esa experiencia estoy aprendiendo a soltar para vivir con calma, a poner en la balanza todo aquello que sea accesorio y que no me aporte nada.

Estoy en un momento de mi vida en el que tengo que romper los caminos que creía que eran los lógicos, seguros y estipulados, para poder construir rutas que de verdad me sirvan a mí y a mi familia, a nuestros propósitos y nuestras prioridades. Decir que no incluso a cosas a las que socialmente se espera que digas que sí y romper esquemas fuertemente arraigados no es tan fácil. No es tan obvio. Se cruza la culpabilidad y la duda por el camino, y el miedo se pasa a saludar. Y para navegar por todo ello tengo que soltar esas ideas preconcebidas sobre lo que se supone seguro, estable, conveniente. Porque no podemos esperar que el mismo camino nos funcione a todos, ya que no hay una fórmula mágica que solucione todos los problemas de todas las personas de diferentes situaciones sociales, familiares y económicas.

Otra idea que tengo que soltar para poder vivir con calma es la de que cuando das un paso en una dirección, ya no hay vuelta atrás. Eso no pasa. Por ejemplo, mi historial laboral alterna empleos de dependienta con mi profesión de copywriter, contratos en negro, autónomo, jornadas completas y medias jornadas. Dedicarme tres años a vender juegos de mesa no fue impedimento para trabajar otros tres como redactora en un departamento de marketing. Ser empleada por cuenta ajena no me limitó a la hora de ser autónoma, ni al revés. No hay una línea recta, no hay un camino que haya que desandar, es todo una maraña de cruces, y lo que decida hoy no tiene porqué marcar una ruta fija para el resto de mi vida.

Y, sin embargo, hoy sigo afianzándome en saber qué es lo que quiero, lo que necesito yo y lo que necesitan los míos, aunque tengamos que cruzar los dedos y esforzarnos mucho por el camino.