Ha sido una semana intensa y quiero compartir mis reflexiones al respecto contigo, ¿te apetece?

Hoy voy a ponerme, de nuevo, un poco personal. Como te conté hace poco, los planes que tenía para esta época del año se han puesto patas arriba y he tenido que paralizar temporalmente mi carrera profesional para ponerme a mi y a mi familia por delante. Después de varios meses con una ansiedad galopante, dudas sobre mí misma y sobre mi valía en diferentes aspectos de mi vida, sesiones de terapia y mucha ayuda por parte de mi pareja, familiares y amigos, por fin siento que todo está encauzado. Pero eso no me libra de tener algunos días (¡o algunas semanas!) algo más intensas, ya que el trastorno de ansiedad, los miedos y las presiones sociales siguen ahí.

La última semana ha sido un poco complicada. Se han juntado tres cuestiones: el síndrome premenstrual, varios ataques de ansiedad y una circunstancia médica con la que convivo que no tiene mayor gravedad pero es dolorosa y molesta: un eritema nodoso (hablé al respecto en Twitter hace poco). Y hoy vengo a diseccionarla contigo, en parte como una forma de darle cierre a nivel emocional y en parte por si te identificas con algo de lo que cuento, que sepas que no estás sola.

Voy a comenzar con las emociones incómodas que me han acompañado en estos días, desde la ansiedad «porque sí» (es decir, sin que hubiera nada que la provocara) hasta la confusión y la frustración que me provocan los pensamientos intrusivos que la acompañan. Ha sido agotador, la carga mental que me ha acompañado no me ha ayudado para nada, y como sabe cualquier persona que tenga hijos y se ocupe de ellos, el concepto de «recuperarse» no existe. El cansancio sea cumula y en algún punto empieza a difuminarse, pero es permanente. Además, la ansiedad me hace dudar de mí y de mis capacidades y mi valor, por lo que me sobrecargo más aún o me siento peor cuando alguien intenta ayudarme liberándome de una tarea.

Por otro lado, los momentos de diversión y de admiración viendo como nuestro bebé va aprendiendo cosas nuevas cada día han sido enormes (desde gatear más rápido hasta que le guste la merluza guisada, que aprenda a pasar las páginas de sus libros de cartón o que explore la arena en su primer día de playa). La misma intensidad que he tenido en los momentos más bajos se correspondía con mi orgullo y mi asombro viendo sus pequeños logros. También he podido tener algunos momentos de descanso, algunos forzados (como la siesta de una hora y media que me eché porque mi cuerpo no aguantaba más y los ojos se me cerraban como hacía años que no me pasaba) hasta otros conseguidos gracias a mi pareja, que enseguida se organiza para salir de casa con el perro y el niño y regalarme una horita de soledad y autocuidado.

En definitiva, ha sido una semana intensa. Ni buena ni mala, quizá difícil, complicada de gestionar, pero no ha sido una sucesión de malos momentos ni una idílica fiesta en el campo. ¿Y qué tiene que ver con la filosofía slow? Pues quizá no demasiado, pero no quería dejar de aprovechar la oportunidad para revisar esta montaña rusa emocional contigo. Gracias por leerme.