Estoy en una casa canaria antigua mientras escribo estas líneas y escucho el crujir de la madera y siento la rigidez del banco de piedra sobre el que estoy sentada.

Desde el jardín llega el sonido de las voces de unos niños en la calle, y si quiero mover la mesa tendré que hacer un esfuerzo, porque es de madera maciza. Aquí cada objeto es coherente: su textura y su peso se corresponden con el material con el que están fabricados, la pared de piedra tiene la tosca rugosidad que cabe esperar de ella, y los pasos de mi perro son especialmente ruidosos en el suelo de madera de pino canario. Y está bien así.

Vivimos en pisos saturados de muebles de contrachapado, que huelen y pesan todos lo mismo, con armarios llenos de prendas de fast fashion elaboradas con la misma combinación de tejidos, con paredes decoradas con los mismos pósteres de Ikea y con una falsa sensación de creatividad.

Y no creo que esto sea malo per se, pero si creo que lo es el no ser conscientes de esta engañosa percepción de individualidad a la que se nos sometió en el momento en que prosperó el minimalismo, las grandes superficies y el «made in China». Cuando empezamos a desechar los muebles y la vajilla de nuestros abuelos sin ninguna razón real, sino por moda, y nos subimos al carro de acumular objetos impersonales y de baja calidad en nuestro día a día.

Esos muebles producidos en cadena y a gran escala, no obstante, simbolizan la necesidad de perfección que todos tenemos en estos tiempos en los que el marketing nos hace dudar de nuestra valía personal. Mediante una mesa de cocina ligera, de líneas rectas, de madera de poca calidad, eso sí, pero plegable, buscamos esa ilusión de perfección. De que todo tenga sentido dentro de una autopercepción de éxito y modernidad que oculte nuestras preocupaciones financieras, familiares y personales. Que busquemos todos los maceteros a juego o que tratemos de ir a la última moda solo es más de lo mismo. No hay un balcón que se precie sin su cadena de luces LED ni su silla barata con un cojín comprado en un bazar. Es precioso, es fotogénico, pero carece de personalidad y durabilidad. Inconscientemente consideramos que esos productos baratos no merecen el cuidado que podríamos darles, porque han costado poco y porque pasarán de moda.

Es perfectamente aburrido porque nos empeñamos en no ser imperfectamente nosotros mismos.