Las anécdotas sobre maternidad y crianza están llenas de historias sobre cómo se enfadan los niños cuando les dices que no a un capricho. Pero, ¿qué pasa cuando decimos que sí?

Lo primero que quiero compartir contigo, y la idea de la que parto para este texto, es un recordatorio de que los niños son parte de la familia. Son un miembro más, y debemos tratarles como tal. Parece obvio, ¿verdad? Sin embargo, todos conocemos familias que, desde que aparecen los peques, organizan todos los planes en torno al ocio de los hijos; o todo lo contrario: Madres, padres y abuelos que pretenden que los niños se adapten al 100% a su vida, y se comporten desde ya como adultos pequeños. Que no toleran una rabieta, que no juegan en el parque con las criaturas porque no les apetece, o que pretenden que un recién nacido se «acostumbre» a no estar en brazos a pesar de que es lo ideal para su desarrollo.

Yo no soy ninguna profesional de la crianza, aunque la pedagogía y la educación de los más pequeños es un tema que me fascina. Pero si que soy madre 24 horas al día, 7 días a la semana, y desde esa experiencia quiero contarte qué pasa al decir que sí.

Como venía diciendo, los niños son un miembro más de la familia. Eso significa que merecen tanto el ocio dedicado a ellos como lo merecemos los mayores, ¡siempre desde el sentido común! No es apropiado llevar a un niño a un bar de copas, pero no pasa nada si el plan de una tarde es tomarnos un refresco o una cerveza con los amigos en una terraza en una plaza en la que los niños puedan jugar, y proporcionarles libros de pintar o juguetes que los mantengan entretenidos. ¡Ellos también necesitan relacionarse con adultos fuera de su círculo familiar más cercano! A veces, el plan familiar será ir a una ludoteca, o ir al parque. Otras veces será ir a ver una exposición en un museo o salir a comer a un restaurante, y todos deberíamos ser capaces de adaptarnos (aunque los niños y niñas necesiten una ayudita extra y un poco de paciencia).

Partiendo de esta base, a veces me encuentro corriendo para llegar a todo lo que necesito hacer en un día. O lo que yo creo que necesito hacer. Y mi Peque tiene otras ideas, y me hace frenarme y ayudarme a recordar que a veces el ritmo de vida puede conmigo. Pongamos un ejemplo: Recojo al niño en la escuela infantil, y por el camino pasamos por un parque con columpios. Yo estoy pensando que al llegar a casa, antes de que le de hambre y le toque merendar, quiero poner una lavadora y barrer el suelo. Él va pensando en los columpios, y me lo dice: «Parque». «No da tiempo hoy, otro día», digo sin pensar. Pero, espera, ¿porqué? ¿De verdad no puedo llegar a casa cinco o diez minutos más tarde? ¿Qué sería lo peor, que las tareas pendientes del día acaben diez minutos después? Y decido decirle que sí. Que vamos al parque, pero solo un ratito, porque hay cosas que hacer en casa y allí él puede jugar con sus juguetes. Y los dos salimos ganando.

En el supermercado me ocurre lo mismo. Mi Peque aún no es víctima del brutal marketing al que se somete a la infancia, ni ha probado papas fritas, chocolates ni golosinas (ya le tocará). No me pide chucherías, pero sí que me pide fruta, compotas o yogures. Los reconoce de verlos en casa, y le apetecen, y me los pide. Y a lo mejor yo no tengo pensado comprar peras, o sé que tiene potitos en casa, pero si la economía familiar y el peso de la bolsa de la compra lo permiten, se lo compro. Y le dejo que él lo lleve hasta la caja registradora, aunque se le puede caer al suelo. Lo más cómodo para mí sería decirle que no, pero ¿porqué voy a decírselo? Lo mismo ocurre cuando quiere caminar por la calle, aunque a mí me apetezca más llevarlo en el carrito; o si quiere recoger piedritas y palos del suelo. En la misma línea, en casa no hay puertas cerradas, aunque hay armarios y cajones que por su seguridad, no puede abrir y tienen el sistema de protección correspondiente. ¿Que abre el cajón de las fiambreras de plástico (las de cristal no puede cogerlas) y las desperdiga por el suelo? Ya lo recogeremos. ¿Que abre la puerta de mi armario, coge una camiseta y la deja en el sofá? Le enseñaré que ahí no va y entre los dos iremos a dejarla en su sitio. ¿Que quiere jugar en la cocina? Siempre que no haya comida al fuego, tiene permiso, está adaptada a él. ¿Que prefiere tirarse en el suelo del pasillo? P’alante.

Al final, los dos ganamos en satisfacción, él explora y se divierte, y yo gano una pausa inesperada en medio del ajetreo del día. Él se lleva una experiencia que le enseña autonomía, a la vez que integra que su opinión cuenta, y yo tengo la alegría de darle un gusto que es saludable y económico, ¡ya sea una pieza de fruta o un palito para jugar!

«¡Entonces le das todos los caprichos!», podrías decirme. Pero no es así, también digo que no si no se puede o no me encuentro bien. Y marco límites por su salud y su protección, ¡y por la mía! Uno muy habitual es «no, no te puedo dar una galleta ahora porque vas a cenar en media hora». Si le doy esa galleta, no va a cenar lo suficiente, el hambre le hará despertarse de madrugad y me veré preparando un biberón a las cuatro de la mañana. Es más fácil de entender si, en vez de imaginar que estoy con un niño, me imaginas con un adulto. Podríamos ir paseando, y esta persona adulta me podría decir «Ay, vamos a pasar por esta tienda antes de ir a casa que quiero mirar una cosa». Lo más probable es que yo haga un cálculo rápido de si me da tiempo y, si puedo hacer ese pequeño esfuerzo, le diga que me parece bien. O si esa misma persona mayor me dice «¿comemos galletas?», yo podría decirle «es que ahora vamos a cenar». Y no pasaría nada.

Los adultos deberíamos aprender a decir que sí más a menudo.